Nota Revista Sophia: “Casamientos Alternativos: En busca del ritual propio”

 

En los últimos años son cada vez más las parejas que, a la hora de casarse, eligen festejos que escapan de las formas tradicionales y contienen una impronta personal y genuina, lejos de los ritos establecidos. Aun así, cualquiera sea la forma, el fondo sigue intacto: lo que persiste es el deseo de celebrar el compromiso y el comienzo de una nueva vida juntos. por SOFIA ALMIRO TY.

Suena “Dream a little dream of me” con la voz de Ella Fitzgerald. La novia camina de la mano de su padre hacia donde la espera el novio.
No hay sacerdotes, el altar es una mesa cualquiera y el maestro de ceremonias es Chelo, amigo de la futura esposa. En una casona antigua con jardín, en el barrio porteño de Belgrano, él relata para los invitados la historia de cómo se conocieron Cecilia Arbolave (28) y Joao Varella (29), ella argentina, él brasileño. Luego invita a las hermanas de la novia y al hermano del novio a leer una poesía de Khalil Gibran: “Juntos nacieron y juntos permanecerán para siempre / Estarán juntos cuando las alas blancas de la muerte esparzan sus días / Sí, estarán juntos en la memoria silenciosa de Dios (…) / Ámense el uno al otro, pero no hagan del amor una atadura / Que sea, más bien, un mar meciéndose entre las costas de sus almas”. Tras ello, los novios –que ya se habían casado por civil– se hacen diez promesas en voz alta. Cecilia acepta por esposo a Joao, Joao a Cecilia. Chelo invita a los presentes a que declamen en voz alta que los declaran marido y mujer. “¡Los declaramos marido y mujer!”, obedecen, entusiasmados. Y los novios salen caminando con música de Harry Nilsson para dar comienzo al festejo.
La ceremonia de Cecilia y Joao, atípica hasta hace pocos años, es solo un ejemplo de cómo, cada vez más, las nuevas parejas eligen sellar su compromiso de amor de maneras poco convencionales, menos conservadoras, más descontracturadas, acaso a la medida de sus propias expectativas y deseos, lejos (aunque a veces no tanto) de las tradiciones religiosas o de los mandatos de una wedding planner.
En definitiva, fieles a su estilo y a su profundo y auténtico deseo de pactar su unión. Cecilia da cuenta de ello: “Lo que quería con mi casamiento era festejar el hecho de poder confiar en una persona, apostar por una relación y asumir un compromiso”. Jorge Lozano lleva más de tres décadas casando gente, más precisamente treinta y dos años.
Tiene en su haber más de noventa mil parejas unidas por la ley. Él, jefe de departamento del Registro Civil de la Comuna 14 de la Ciudad de Buenos Aires, dice que no hay una variación significativa en la cantidad de casamientos. “La gente se casa, pero está de moda casarse fuera del Registro Civil. Esto es gracias a la ley que se promulgó hace doce años en la Ciudad –y a la que la Provincia adhirió– que permite contratar la ceremonia de entrega de la libreta de matrimonio a domicilio. Esto es lo que tiene intención de ritual”. Pero, además, Lozano menciona que la tendencia tiene que ver también con que hoy es común que el novio sea divorciado y que la pareja quiera igualmente tener una ceremonia para celebrar la unión; o que se trate de un casamiento interreligioso para el que no hay un ritual específico; o que incluso una de las dos partes no practique religión alguna. Sin embargo, replicar la formalidad de la entrega de la libreta en el espacio que los novios eligieron para su ceremonia requiere pasar primero por el Registro Civil. Solo después se lo puede reproducir en el marco del ritual elegido. Acaso porque, como sostiene Joseph Campbell, mitólogo y especialista en religiones comparadas: “La función del ritual es dar forma a la vida humana, no como una mera ordenación superficial, sino también en lo profundo”.
En diciembre de 2011, una pareja de argentinos se casó con el océano Atlántico de fondo, en la Playa Brava de José Ignacio, Uruguay. Soledad Azarloza (31) y su marido, Luis (35), no tienen una religión en común: ella es agnóstica y él es judío. Cuando decidieron casarse, no encontraban una forma que los representara a los dos, hasta que un día, mientras estaban de vacaciones en el país vecino, encontraron que la playa era el lugar perfecto para resignificar su unión. Ellos no tenían la ceremonia planeada, pero sí sabían que querían que estuvieran presentes algunas formas de la tradición judía, como pisar la copa o casarse debajo de la Jupá –una pérgola decorada y generalmente blanca–. Decidieron que tres amigos serían los que los casarían y que leerían fragmentos de la Torah. “Más allá de todo, me casé de la forma que quise –dice Soledad–, porque lo que buscábamos era hacer una celebración de nuestra pareja; el compromiso estaba asumido y queríamos
compartirlo con la gente que queremos. Fue la antesala para empezar nuestra familia”.
Maggie Cassalins (35) y Carlos Iturralde (47) pertenecen a familias católicas practicantes, pero Carlos es divorciado y el catolicismo no acepta dar el sacramento del matrimonio en estos casos.
Además del civil, querían una ceremonia emotiva. Entonces, le pidieron a Raúl, cuñado y muy amigo de Carlos, que oficiara de maestro de ceremonias.
Más allá de las formas, se trataba de darle sentido a algo más profundo y espiritual: “Queríamos reafirmar que nos la jugábamos juntos. Y al compartirlo con todos los invitados, cobró una dimensión mayor”, dice Maggie. Para ese día eligieron leer las palabras de San Pablo: “El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.